Crítica Jurídica, No 25 (2006)

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Entrevista con Carlos Cárcova


Resumo


Debo responder en este reportaje, cuatro preguntas que formula mi amigo
y compañero de muchas aventuras, Oscar Correas. Aventuras preferentemente
intelectuales que, sin embargo, también fueron amicales, culturosas, musicales y
existenciales. Como él lo recordaba en el correo que me remitió, comenzaron veinte
años atrás y discurrieron entre México y Buenos Aires, Ámsterdam y Madrid, el País
Vasco y San Pablo, San Salvador y La Rábida, Zaragoza y Florianópolis, Puebla y
Tiradentes. En todos esos lugares y en algunos cuantos más, escribimos páginas de una
modesta autobiografía que solo quedará en la memoria de otros muchos amigos, que
nos mostraba siempre polemizando, discrepandoconfrontando argumentos, cuando no
teorías. Es que ésa fue la forma que inconscientemente descubrimos para entendernos.
En esa escenografía de apasionadas discusiones aprendimos a encontrarnos, como
otros se desencuentran en el cortesano disimulo de acuerdos inexistentes.
          Veinte años después, como tuvieron que hacer los personajes de Dumas,
me invita a reencontrarnos con el pasado. Lo hace desde sus propias angustias y
desilusiones, pero también desde su empecinado propósito de seguir luchando para
que la historia no pase por delante sin que él pueda dejarle su marca, su señal. Y en
esto me encontraré, una vez más, cerca suyo. Seguramente, de manera más nítida y
clara que la que pudiera consistir en nuestro modo de hacer balance, de valorar más
crítica o más benevolentemente, los resultados obtenidos por las luchas de los sectores
que quisieron inscribir sus prácticas en las lógicas de la emancipación.
          Oscar está organizando un encuentro para noviembre de este año en México,
sobre el movimiento de la Crítica Jurídica. Con la primera convocatoria que envió, algún
párrafo de su documento generó una polémica en la que estuve tentado de intervenir.
No lo hice entonces pero deseo ahora, formular un par de breves señalamientos a ese
respecto. Se plateaba una dicotomía entre el papel de los abogados militantes y el
papel de los abogados “académicos”. Ciertamente, como lo sugirió Vittorio Olgiati,
en respuesta a los comentarios de Roque Carrión Wam, la realidad diferente de los
países europeos, respecto de los de América.
          Latina, sobre todo en estas últimas décadas, pueda generar perspectivas de
análisis relativamente inconciliables. Sin embargo, quien suponga que en Italia, en
Francia, en Inglaterra o en Alemania, no han sucedido acontecimientos que exigían
ética y políticamente, vigorosas tomas de posición, por parte de la ciudadanía en general
y en mayor medida por parte de los juristas que, en su calidad de tales, monopolizan el
conocimiento de las reglas de juego básicas de la organización social contemporánea,
se confunde gravemente por error u omisión. Por otro lado, la oposición que dio lugar
a las polémicas me parece poco consistente. En la historia de América Latina, sobre
todo en la historia próxima, hay abogados que se han preocupado no solo por mejorar
una formación académica insuficiente para desempeñarse profesionalmente con
mayor eficacia, sino también para comprender críticamente el papel que el derecho
desempeña como discurso social, para relevar sus dimensiones ideológicas, políticas,
económicas y con ello actuar como operadores más conscientes y poner su saber y su
práctica del lado de los débiles, de los perseguidos, de los explotados. ¿No son esos
abogados militantes? Por otro lado, he conocido muchos abogados que aparentando
defender los intereses de la clase obrera (me refiero a experiencias argentinas en
particular), no han vacilado en ser, primero los asesores, y luego los socios de dirigentes
sindicales amarillos, traidores y corrompidos por el dinero y el poder. En fin, quiero
decir que no se necesita ser bruto e ignorante para ser progresista, democrático o re-
volucionario; y que un abogado militante, cuanto mayor sea su compromiso con lo
ideales que declara defender, mayor es su obligación de reflexionar, de aprender, de
lograr la mayor eficacia profesional y la mejor comprensión general del sentido de los
instrumentos técnicos que manipula. Y ahora sí, voy a las respuestas.

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